Creo que todos nos hemos subido a una combi y coincidiremos que es una de las experiencias más incomodas de la vida diaria del peruano promedio. Empezando por lo incomodo que son los asientos, lo maleducado que puede ser el conductor y el cobrador, lo arriesgado que es el hecho de subir a la combi, y resistir el pánico ante las imprudentes maniobras que realiza el conductor durante el viaje.
En esa fauna tenemos una gran variedad de seres, desde aquel ser domestico que valora su trabajo y respeta la vida del otro, como el de la combi asesina que está dispuesto a atropellar y fugar con tal de llevarse al bolsillo unos cuantos soles que le permita mantener su estomago y los vicios diarios.
Creo que lo peor de todo es lidiar con los cobradores. Ya que estas diabólicas criaturas se encargan de tratar a sus pasajeros como carga barata, y tal estibador, a gritos y en algunas ocasiones groserías, tratan de acumular la mayor cantidad de pasajeros dentro de una lata de sardinas que sirve de medio de transporte para nosotros los peruanos. Además con su peculiar lenguaje y a viva voz gritan en cada paradero, o en lugar que cumpla dicha función, la ruta que seguirá el vehículo que servirá para llevarnos a nuestros respectivos destinos. Y con la mano nos llaman, como si eso influyera en nuestra decisión para escoger una ruta, como si no supiéramos a donde vamos; lo probable, es a que ellos no les importe.
En esa fauna tenemos una gran variedad de seres, desde aquel ser domestico que valora su trabajo y respeta la vida del otro, como el de la combi asesina que está dispuesto a atropellar y fugar con tal de llevarse al bolsillo unos cuantos soles que le permita mantener su estomago y los vicios diarios.
Creo que lo peor de todo es lidiar con los cobradores. Ya que estas diabólicas criaturas se encargan de tratar a sus pasajeros como carga barata, y tal estibador, a gritos y en algunas ocasiones groserías, tratan de acumular la mayor cantidad de pasajeros dentro de una lata de sardinas que sirve de medio de transporte para nosotros los peruanos. Además con su peculiar lenguaje y a viva voz gritan en cada paradero, o en lugar que cumpla dicha función, la ruta que seguirá el vehículo que servirá para llevarnos a nuestros respectivos destinos. Y con la mano nos llaman, como si eso influyera en nuestra decisión para escoger una ruta, como si no supiéramos a donde vamos; lo probable, es a que ellos no les importe.
Yo soy uno de los que considera que éste servicio debería tener algunas condiciones mínimas para que pueda ser ofertado al mercado, por ejemplo, que las unidades de transportes cumplan determinadas características que permitan un viaje decente al pasajero a bordo de éstas, que los conductores pasen los exámenes suficientes con los que se pueda acreditar que está apto mental y físicamente para conducir un vehículo, etc.
No quiero hacer una análisis del mercado de transporte urbano, ésta breve introducción sirve para contar lo que me pasó algún tiempo atrás.
Tomé una combi que me lleva de mi casa al Jockey Plaza, y como es común antes de abordar negocié el precio del servicio para que éste sea de cincuenta céntimos de sol. Al subir pagué con sesenta céntimos, y al momento de pedir el vuelto al cobrador, me dijo que en ningún momento me había dicho que el pasaje era cincuenta céntimos.
Ante esto, empecé a discutir con el y decirle que lo pactado había sido cincuenta céntimos. En aquel momento, vinieron a mi cabeza una serie de principios legales que fundamentaban mi posición, como el famoso axioma latino “pacta sunt servanta”, que quiere decir que lo pactado obliga; principio de derecho privado que ha sido también considerado como unos de los principales principios del Derecho Internacional Público. Además, por mi cabeza la idea de la “confianza”, que el gran filósofo liberal Francis Fukuyama, plasmó en un libro que lleva el mismo nombre.
Buscaba las palabras adecuadas para hacerle entender, que el no cumplir con lo pactado, traía consigo un grave mal a la sociedad, pues elevaba los costos para la contratación entre los agentes de mercado, pues para que lleguemos a un acuerdo deberíamos incurrir en una serie de gastos que nos permita asegurarnos que nuestra contraparte complicará con su parte del trato; y que de seguir así, llegaríamos al extremo que nunca lleguemos a un acuerdo, pues éstos costos serían demasiado altos.
Comprenderán que mi formación legal hizo que piense una serie de cosas para hacerle desistir de su tonta idea que no había pactado conmigo el precio señalado, y a la vez, trataba de encontrar las palabras exactas que me permitieran comunicar todo ese conocimiento a esa pequeña y atrofiada mente del humilde y desdichado cobrador de combi.
Comprenderán que diez céntimos no me harían pobre ni al cobrador rico. Fue el hecho que exigía que se cumpliera lo acordado, exigía que se haga valer la palabra empeñada. Al ver la cara de cinismo del cobrador, quien argumentaba que en ningún momento me dijo que el pasaje era cincuenta céntimos, todo aquello que pasaba por mi cabeza se tornó en blanco, y una sola palabra se escribía en mi mente, por lo que de la forma más natural me nació decirle al infeliz ser: “no seas huevon”.
Así es señoras y señores, todo el razonamiento jurídico económico que he cultivado durante mis seis años universitarios y tres de estudios de post grado se fueron literalmente al cacho. Y es que si hubieran visto su cara realmente parecía un reverendo…, pues con su deformado rostro de niño mentiroso dibujaba un “yo no fui”, sínico y artero.
Pues bien, ante mi reacción, la que hasta ese momento me pareció justa, el cobrador se metió la mano al bolsillo; yo me asuste pues pensé que me agrediría, sin embargo sacó los sesenta céntimos que le di al subir, me los devolvió y me dijo que me bajara. Yo dije, “me bajo pues”, pues sabía que habían mil combis después de ésta que estaban dispuestas a llevarme por los cincuenta céntimos que había pactado con el cobrador.
Y fue de esa forma en la que fui echado por el cobrador, por ese sujeto que probablemente no haya terminado el colegio, que pertenezca a la mayoría de los peruanos que no entienden lo que leen, a aquel pobre hombre que apenas puede leer y escribir, a aquel que come solo cuando puede, que en su casa probablemente no tenga agua potable, que tiene que mantener a cinco hijos de los cuales tres venden caramelos en esquinas, pues éstos ya alcanzaron la edad para caminar y poder hablar. Ese hombre con una vida de miseria e ignorancia me botó de la combi por grosero y soez.
Si analizamos bien todo, nos damos cuenta que aquel cobrador carente de educación me botó de la combi por mi malcriada actitud, por no tener buenos modales y atreverme a vociferar una grosería para insultarlo, fui echado por bárbaro y por mal educado.
Mi post no tiene un toque irónico, como tengo acostumbrado escribir, sino de mea culpa. Pues un acto prepotente, resultó ser una barbarie, una acción nada civilizada, que ofendió a un hombre, que pese a no tener ninguna educación, caballerosamente me invitó a bajar de la combi.
Creo que esta historia puede tener moraleja… que la prepotencia es el reflejo de lo incivilizado que tenemos dentro.
Habla vaz….
Adjunto un video elaborado por unos jovenes universitarios, donde documentan lo terrible de ser pasajero en una combi.



